MI PEQUEÑO ÁRBOL DE DURAZNO
Yo no se quien lo planto, solo se que estaba aun lado de la casa, entre ese zaguán y ese patio, ahí estaba, ahí creció, ese fue su hogar, tenia de vecina una pared de adobes, un techo de calamina y más allá: un naranjo y unas limas.
Creció por años en esa esquina, fue haciéndose de amigos, prestaba sus ramas a las aves y seguro hacia sombra a esos niños que llamaba amigos. Pasó el tiempo y no hubo más ruido del zaguán, el techo, la pared se fue cayendo, la sed se hacia intensa y ya ni las aves posaban en sus ramas, sus vecinas solo callaban.
Pronto llegamos nosotros, lo encontramos sin hojas, lo fuimos regando, floreció en diciembre y en enero no fue dando esos ricos duraznos. Por mucho tiempo ese árbol, mi pequeño árbol, nos fue cobijando, no pedía nada, estaba ahí casi sereno, nos daba su sombra, su fruto, su flor y esa sensación de caminar en otoño sobre sus hojas secas.
Pero cierto día lo condenamos a la muerte, no recuerdo si ese poco espacio que ocupaba, era necesario para otro menester, habíamos sentenciado su gran final.
Fue cayendo su tronco tras el hacha que daba, fue quedando desnudo, sin ramas, indefenso recibía el azote del machete. Miraban sin poder hacer nada aquellas vecinas y otra ves solo callaban, los pájaros pasaban, miraban, buscaban sus nidos y solo posaban en la distancia mirando el fin de aquel esfuerzo, de aquel amigo que sus ramas daba.
Siempre lo defendí y no me escucharon, lo cortaron, lo trozaron y en un rincón arrimaron, se fue secando y uno a uno, trozo a trozo con el tiempo, mamá los fue atizando, mi pequeño árbol termino en cenizas, regado sobre sus vecinas que lo consumían.
Llego diciembre y no había más flores, jamás en enero probé más ricos duraznos y ya no había hojas secas que sonaban en el piso cuando caminada sobre ellas.
11/08/2009
J. Rodrigo Coaguila Q.
Lima – Perú
MI PEQUEÑO ÁRBOL DE DURAZNO